de repente un plan.
De repente los días pasaban y de repente un plan. Gracioso, no obstante.
Eso era todo lo que le pertenecía, desde la alfombra de la puerta hasta la puerta de atrás; toda esa charcutería había caído en sus manos, para manejarla, llevarla, hacer, con un mínimo consentimiento, lo que le diera en gana con ese espacio; la charcutería de la familia, y él tenía un plan para ella y ella, su novia, y él, el que miraba, orgulloso, desde el amplio mostrador, ese que él, el que miraba, había decidido que fuese lo primero que desapareciese con su plan: Un laboratorio de charcutería creativa.
Su idea, por genial, no tardó en hacerse eco.
Hasta quiso verle el alcalde.
Pero Ramiro no. No pensaba más que en su plan, su proyecto.
Podría llegar a ser importante: su novia tenía gafas.
Y Ramiro se llamaba Ramiro.
Primero se deshizo poco a poco de todo aquello que le estorbaba. El amplio mostrador, muchos otros muebles no necesarios, estantes inservibles, maquinaria demasiado industrial, se deshizo de todo en orden. Al final de la lista, su familia. De su opinión insultante y conservadora se deshizo con un simple concepto: dará dinero a largo plazo.
No hizo falta más.
Salchichita de semipollo al tuétano entrecortada con chopped de aceitunas, unas pelotitas de fuet dulce de campo y mucha dosis de inspiración, arte y técnica para convertir el frescor vivo en embutido fresco.
El abuelo decía que no le dijesen más. Y que le acercasen su chistorra. Y que bla, bla, y que tenía razón la vida y el tiempo, que no él, y que cada plato debía de ser testado una vida para recordarlo o despreciarlo, y que era acelerar el tiempo para perderlo, y que no servía para nada, y que, como amante de la vida, vaticinaba muchos de sus desayunos con la chistorra empanada y embuthida fresca. Un gran acierto. Eso sí.
Ramiro le escuchaba mientras le robaba mordiscos de chistorra, mojada en yema de huevo, eso sí.
Hizo falta más.
Se establecieron unos turnos tan germanos que en catorce días ya dejó de hacer falta que la novia de Ramiro tuviese que limpiarse el polvo de los cristales continuamente y pudiese, junto a los demás, contemplar la mínima señal de intención decorativa resultante de la remodelación; quitar y quitar, digamos. Y todo blanco, muy blanco, y todo muy vacío, muy vacío, de hecho tanto que en realidad en todo el establecimiento sólo había una barra blanca con forma de grapa salida que hacía las veces de mostrador, y detrás de este un agujero rectilíneo, sin marco alguno, que daba a la parte trasera, el laboratorio. El suelo blanco, más blanco por amplio, los techos altos y acabados con una cristalera compacta, de un único cristal colocado encima, como un simple juego de cartas. Para la calle se había decidido, no sin grandísimas discusiones, que se limitarían a colocar un extintor rojo a la derecha de la pequeña puerta, justa para una persona, exacto lugar en el que el cambio, hasta de la temperatura, te recordaba que aquello no era una charcuteria al uso. Y que Ramiro tampoco sobresalía por su cotidianidad, de hecho tenía una novia con gafas.
Decidieron no anunciarse. Aunque Daniel, compañero de mus de Ramiro, hizo alguna publicidad: sí,sí, el Ramiro va a abrir un café de esos con internet. ¿Cómo se va a llamar?
Una grandísima discusión y todos estuvieron de acuerdo. No tendría nombre, no hacía falta.
Se hizo una fiesta de inauguración simplemente abriendo la puerta principal, de madera blanca sobre el muro blanco de la calle, negando el paso al primer cliente y obligando al segundo a colocar el extintor en su lugar a cambio de un suculento descuento en aquello que fuese a comprar.
El policía se acercó y les recordó que haría la vista gorda, pero que un local no podría considerarse legal si, aunque hubiesen sido los primeros cinco minutos, no estaba acondicionado con las medidas de seguridad pertinentes, tener un extintor, con lo que la sanción podría llegar, en algunos casos, a obligarle a cerrar el establecimiento en cuestión.
Después le dieron a probar un vino y preguntó que si también tenían la intención de combinar el café con internet con alguna pequeña bodega que, por ejemplo, tuviese este exquisito caldo, que, aunque estoy de servicio, tomaré como una muestra de respeto a la autoridad.
No, lo siento, no tenemos nada.
El segundo cliente no alcanzaba a comprender que tenía de gracioso que una tienda en el día de su inauguración hiciese descuento a su segundo cliente, sin incluir la expulsión del primero, sabiendo que aún no tiene ningún producto en venta. Pero mire.
No hizo falta más, la mujer, el segundo cliente era mujer, fue invitada a visitar sólo con la vista lo que Daniel, la novia con gafas y dos grandes teutones, Otto y Hans, ( sus padres decidieron que tendrían gran bigote rubio ) maquinaban en el laboratorio, entre esos grandes baldosines blancos y brillantes, apoyados sobre grandes mesas blancas llenas de papeles.
Escribían, probaban, según explicó Ramiro, física, ética, filosófica y aritméticamente, todas las variables, cálculos, necesidades internas, condicionantes estéticos, materiales, económicos, teológicos y biológicos que necesitarían para su primer producto: morcilla de Burgos alternando los granos de arroz con unas pequeñas cápsulas, similares en tamaño al de un grano de arroz, compuestas de aceite de fritura de chorizo y fuet salvaje, de tal manera que el fuet en su elaboración a la cocción eslava chupase la sangre, creando un contraste de sabores entre arroz y fuet salvaje “amorcillado” y facilitando que esa fritura de chorizo fuese por el calor, trasladándose hasta la piel de la morcilla, dejando un difuminado de sabor en su camino. De aspecto, y así en plan simpático, pensaban potenciar el tono rojizo de la fritura de chorizo con pimentón andino, ese que era algo más “sutil”, por decirlo de alguna manera, y así crear una sencilla variante de morcilla de Burgos con aspecto de chorizo asturiano y final suave a cataluña. Un producto infantil, con el que los niños se sentirían más estafados aún con la vida.
Y eso era lo que también se medía: el sentimiento de desconcierto como forma culinaria elevada a arte mayor, sobrepasando incluso la arquitectura, y como opción vital, e incluso llegando más allá al introducir pequeños apuntes de conceptos teóricos filosófico-culinarios de Brunter.
Ramiro trabajó siete años en una biblioteca pública y, curiosamente, fue su novia la que empezó a necesitar gafas.
No hizo falta más, la mujer hizo correr la historia cómo la pólvora, tanto, que un día un ciudadano de Minsk hizo una llamada, quejándose. Ramiro le explicó que aceptaría encantado la demanda ya que estaba seguro que el juez la desestimaría al observar clarísimamente que al contrario del compañero ruso, él no pretendía educar, ni guiar políticamente a nadie, y menos a través de un arma tan manipuladora como la charcutería.
El ruso se decantó por seguir con su obra, aunque nunca negó su enfado. Se intercambiaron dos pequeñas muestras y, aunque apreciaron el trabajo del otro, comprendieron instantáneamente que, pese a trabajar en el mismo campo, sus estudios y creaciones no formaban parte del mismo plano de la realidad y que, por lo tanto, no intercedían entre sí.
Los dos cuando se emborrachaban al final de sus jornadas, se echaban algunas sonrisas de medio lado recordando el trabajo, la muestra, del otro. Pero eso fue muchísimo más tarde, aún no tenían tercer cliente, y el abuelo aún no desayunaba con la chistorra empanada y embuthida fresca…